martes, 29 de julio de 2008

CENTRIFUGA

Asfalto, noche coagulada en las venas de la ciudad, hilo negro del destino que anudó nuestras vidas, red tejida de encuentros. Todas las calles, puentes y cruceros fueron cómplices de nuestros encuentros.

Amanece antes de que salga el sol y la rutina comienza: la escuela, el trabajo, la casa. De aquí a allá por toda la ciudad abordo de este trebejo. Ir de un lugar a otro me hace ver todas las posibilidades, los rumbos, es increíble hasta donde me han llevado, cómo fui a dar contigo en este laberinto. Dando vuelta a la derecha pienso que, toda mi vida se basa en los sentidos, pero tú ¿aún sientes?

Te conocí ¿recuerdas? Cuando chocamos en el crucero. Yo iba distraída y tú con prisa. La culpa fue del motor que se apagó pasando apenas del otro lado del crucero. Te sonreí y me disculpe por arriesgarme a salir en esta chatarra mientas me ofrecías pagar los daños, sin darte cuenta que la abolladura era anterior al choque. Sonreíamos, la multitud embravecida contaminaba el ambiente con improperios, gritando que nos moviéramos. Me diste el número de un buen mecánico y pediste el mío para asegurar que todo estuviera bien, por la noche me marcaste y después de convencerte de que no había problema, te despediste diciendo que, al menos esta noche, podrías dormir tranquilo.

Por la mañana cuando llegue al taller, estabas ahí, el mecánico dijo que tenía que dejar el carro un día más. Ofreciste llevarme pero yo ya había optado por la moto. No pudiste ocular ese gesto de incredulidad, así que ofrecí darte una vuelta. Platicamos un rato, el mismo que me olvide de la escuela. Me contaste de todas las ciudades que habías visitado, sólo ésta te hacia regresar una y otra vez, sonaba divertido, ahora no, ahora tengo miedo, ¡incertidumbre! porque uno de estos días ya no podré más, uno de estos días tengo que hacerme a la idea: saldrás de mi vida, este encuentro se deshará inevitablemente.

Hoy nos reuniremos pero antes daré una vuelta por aquellos sitios memorables donde hemos dejado parte de nosotros, de mí: la escuela, las horas sin ella, las plazuelas donde esperamos el atardecer, los jardines que llenamos de arrumacos, las iglesias, con nuestras ausencias. Esto tiene que acabar, habrá que tomar todo o nada. No podré. Si te vas ¿cómo me libraré de los recuerdos que invaden la ciudad?

Las calles están llenas de señalamientos: “NO ESTACIONARSE”, no te quedes inmóvil pienso, como dice Benedetti, “COCHERA EN SERVICIO” tal vez esto será siempre así, tú entrando y saliendo de mi vida, “RETORNO” he visto aquel letrero y yo solo pienso en decirte: regresa siempre que puedas, aunque a veces, ya no hay retorno para lo que se ha perdido. Imagino un letrero “OLVIDO 50 KM” no existe me dirás con tus ojos negros juzgándome. Pienso que nos engañamos, que no queremos verlo: ¡INCAPACITADOS! tú y yo para estar juntos.

El sol comienza a ocultarse, la carretera empieza a subir, a llenarse de esas curvas que tanto temo porque no se lo que traerán. Escucho el silbido del viento cortado por los carros del otro carril. Este es el lugar desde donde podemos ver el centro de la ciudad. Has llegado, te veo en el retrovisor, te acercas. Sentados en la barda de este mirador, tenemos la sensación de estar fuera de la ciudad, de ser ajenos. Nadie dice una sola palabra.

Ya lo sé, mañana te vas pero quizá no regreses ¿Tú lo sabes? Pronto nuestros cuerpos, todos estos momentos serán una lista más de cosas que habrá que olvidar.

Vuelvo a casa con esa dosis de ti, flotando por la carretera, es de noche, las calles se delinean por el brillo de estrellas artificiales; tantas casas, tantas personas y yo solo duermo ansiosa esperando verte de nuevo, el día en que te dije esto no pudiste evitar ponerte nostálgico ¿cómo era posible? Pensábamos los dos, tantas personas en la ciudad, en el mundo y de repente solo quieres estar con una ¿Cuál es la línea que no hay que cruzar para no querer a las personas? ¿Cómo te puede afectar la ausencia de un desconocido existiendo tantos? Encontrarte, buscarte, perderte, parece un Deja Vu ó mi canción favorita en repetición, esa que a veces se confunde y parece sólo ruido.



El agua escurre de mi cabello, mi cuerpo necesita otra dosis de ti, no encuentro las llaves del trebejo, será mejor ir en la motocicleta, más rápido porque ya es tarde. Se me ha olvidado el celular ¡odio llegar tarde! odio desperdiciar el tiempo sin haberlo vivido. En el mismo crucero donde te conocí, la ciudad está congestionada. Voy a llegar tarde al último día en que estarás conmigo. El asfalto arde, la noche parece evaporarse de las calles. Acelero, tengo que apresurarme, escucho derrapar un carro, llevo prisa, quiero estar contigo.

Llego al lugar, un poco tarde, aun así te espero, lo sé, es la despedida pero mi duda gira entorno al tiempo ¿será algo temporal o definitivo?

Con tu ausencia contemple la ciudad ahora inmensa, nunca llegaste. Los recuerdos golpean mi rostro, no se que hacer no quiero pensar, pero lo hago ¿me has abandonado? ¿Huiste sin despedirte? ¿Regresarías?

Tarde lluviosa para mis ojos, el cielo se contagia y deja caer su tormenta, ayudando a borrarte.

Regreso a casa, la oscuridad la invade como al cielo, esta noche como la luna ya no estas. Mis pasos vencidos y solitarios resuenan en el patio. Observo las estrellas, me recuerdan tus ojos ¡cómo pudiste! Entro a casa, la puerta esta siempre entreabierta, esperando alguien más a quien alojar. No hay luz por la tormenta, enciendo algunas velas, largas, blancas ¿puedes imaginarlas?. Con su luz tan pequeña y frágil en medio de esta oscuridad me dan cierta claridad, cierta esperanza de que algún día como la luz volverás y como la luna en las noches te quedaras… este vano consuelo me hace dormir.


Amanece, la alarma del celular pide que me levante, cuando abro los ojos recuerdo lo que ha pasado. Siempre supe que irías y vendrías de mi vida, de esta ciudad. Ya habíamos pasado por esta situación, siempre regresabas, siempre te despedías ¿Qué sucedió ayer? Tal vez no te atreviste a decirme que ya no podías más y te inventaste el viaje sin retorno… tal vez ya había alguien más, no pude levantarme hasta el medio día con esa idea en la cabeza, al menos me dio un poco de coraje para ir al trabajo, para salir y encontrarme con la ciudad. Decidí caminar para despejar mi cabeza, sin embargo solo descubro lo pequeña que soy. Me detengo a desayunar en una cafetería cercana al trabajo. Creo que lo mejor seria hablar por teléfono y pedir permiso para faltar al trabajo, tal vez pueda llamar a toda la ciudad para decir que faltaría por siempre, no importa no me van a extrañar, ni a ti ni a mí. Tal vez decida entrar a una iglesia, quedarme ahí con tu ausencia ¡No! la ciudad no nos extrañaría, nosotros la extrañaríamos a ella… Cuando saco el celular para comenzar las llamadas me doy cuenta de que tengo perdidas dos llamadas tuyas, de ayer, una felicidad fugaz se apodera de mi, te marco mil veces sin obtener respuesta, no se que hacer ¿irte a buscar? ¿Seguir llamándote? o ver el periódico y leer que ayer en nuestro crucero habias chocado.

ARCO IRIS


Lo primero que veo al entrar al baño es el antiguo espejo de dos caras que mi padre usa para afeitarse la barba desde hace cincuenta años. Es de acero inoxidable. Su marco circular, de unos veinte centímetros de diámetro, gira sobre un eje, de la misma forma que un globo terráqueo. Sus dos cristales, que han sido reemplazados varias veces, ahora son antiempañantes; uno refleja las cosas fielmente y el otro, en su afán de agrandarlas, termina deformándolas. Todavía conserva en la parte inferior de la base una placa con el nombre del fabricante. Demorando un poco el motivo de mi visita al baño, lo tomo con cuidado. Hace años que no lo veía. De niño me parecía un objeto misterioso: su doble mirada y su peso exagerado rompían con la lógica de los demás objetos de la casa; esa misma impresión vuelve a aparecer hoy al momento de acercarlo a mi rostro.
Veo mi reflejo saturando una de sus caras. Lo primero que llama la atención es mi ojo izquierdo desmesuradamente abierto, saltón, inflamado por el cansancio de manejar toda la noche, estrangulado por miles de tentáculos sanguíneos. Mi nariz es una montaña escabrosa de cuyas cavernas asoma una tribu de pelos entrecanos. La boca toma la forma de una curva imposible y deja escapar una sonrisa siniestra, como la de un payaso conservado en un frasco de formol. Separo un poco los labios, saco la lengua, me gusta su textura de grano abierto, su incontrolable movilidad de gusano. Los arroyos de saliva escurren lentamente, quieren salir de mi boca y continuar su viaje hasta el mar de las cavilaciones. Es mi rostro una parcela trabajada pacientemente por el insomnio, las pasiones, los excesos.
Doy vuelta a la cara del espejo. El paisaje cambia. Desaparecen lo saltón en el ojo y lo siniestro de la sonrisa. Mis cejas recobran su simetría. La nariz vuelve a asumir su proceder recto. La boca, delgada e inexpresiva, titubea: fue hecha para guardar silencio. Apenas si distingo las arrugas, los poros abiertos y los vasos sanguíneos. Me alejo un poco y veo todo el conjunto: un rostro armonioso que saluda cortésmente desde el reflejo de los escaparates, higiénicamente desde los azulejos de los baños públicos, tranquilamente desde la prisa de los retrovisores de los taxis.
Devuelvo el espejo a su sitio, tengo que llevar a mi padre al hospital. Me saco el miembro delante del inodoro y cierro los ojos para empujar la orina. Con el sol entrando por la ventana que da al jardín trasero, el chorro forma una curva suave y se vuelve un arco iris. Así, en tensión y con los ojos cerrados, aparece la pregunta que me persigue desde la infancia: ¿cuál de las dos caras del espejo es la que deforma?

sábado, 26 de julio de 2008

LUCIERNAGA INCENDIARIA

Aprisiono uno de tus cabellos verdes en la hoja llena de té:

Té espero
Té conozco
Té deseo
Té siento
Té quiero

Tus ojos parpadean mientras me dices: -últimamente he habitado un mundo tan incongruente que corro el riesgo de creerte todo, que me esperas, me conoces, me deseas y me quieres.

Sonrío y pienso en no volver a leer en voz alta los cuadernos de mi alumnado, donde ahora estoy forjando el tabaco.

Sigues mirando el techo, ya sé, siempre que lo ves no puedes contener el deseo de escribir cualquier pendejada:

La lengua es cuerpo, la palabra caricia, la tinta afrodisíaco y ese muro blanco una gran cama.

Recuerdo la noche en que trastornado te conocí, bastó que yo te declamara un comercial de papel higiénico con suficiente actitud poética para traerte a mi cama.

-Desde entonces dejaste que escribiera en tus pantalones mis versos, para tenerme enamorada. Afirmas casi herida.

Esta noche, con la cabeza en mis piernas, te prometes absorber la inédita presencia de tus letras.

Sostienes la botella de vino y me miras fijamente. Afuera llueve. Tengo que irme, dices incorporándote.

No quiero salir, esta noche piensas desnudarme bajo la lluvia, quedarte con el vino y llenar la botella con el pasado: él fue, él estuvo. Yo en cambio utilizaré el tabaco para disimular mis suspiros, para enrollar mis promesas e incendiarlas, -sal! dices.

La última bocanada reaviva el fuego del cigarro, la mancha de tinta que evidencia un te amo se consume, penetra mis pulmones, se transforma en cenizas.

lunes, 21 de julio de 2008

Rosa Mexicano...

¿Carmín ó purpura? , la regadera escurre una gota que en el mosaico del piso ha dejado el rastro de la humedad, la humedad y el tiempo, los días, los minutos, los segundos.
La toalla azul cuelga de la repisa de madera apolillada, de nuevo el tiempo y su ruina, ¿está consiente del paso del tiempo?
Se observa en el espejo, empañado por los vapores tibios que flotan suaves, apestando a hierbas amargas, baño de hierbas, hierbas que ayudan a limpiar, el espejo le muestra sus ojos apiñonados, la nariz recta, los pómulos marcados, y se plantea la pregunta, ¿Carmín o purpura? , la elegancia es indispensable, nada da mejor impresión que un buen color en los labios, unas sombras discretas en los parpados y un rubor encendido en los cachetes; su madre lo decía siempre, seguro ella sabia bien de lo que hablaba, Sofía lo aprendió.
El olor de la coladera empieza a salir, es el olor de la ciudad, apesta, y se pega a la piel recién perfumada con romero y albahaca, el olor de la mierda, de la mugre, de los orines, todo mezclado ahí en las aguas profundas que invaden a la ciudad, el tapete amarillo de felpa que cubre la coladera reprime un poco el olor, pero no sirve de mucho, el hedor traspasa y se queda.
Sofía asocia este olor a la su infancia, el olor de la vecindad los domingos por la noche, los domingos después del futbol y la cruda, que solo se cura con otras cervezas bien frías y con un caldo de gallina en el mercado grande.
Aún no descubre porque sigue en esa ciudad, no sabe para que ni porque, las raíces posibles que ha echado el tiempo, están resquebrajadas, rotas casi por completo, desenterradas, una tumba olvidada en el panteón general, una tumba sin muerto, una cruz de palo con unas letras borrosas, la tumba de su madre, pero ahí no esta ella, esta otra, en la ciudad ni los muertos caben. Es la tierra del olvido.
Sofía piensa en la hora, deben ser las ocho y media, y el dilema sigue ahí, Gustavo prefería el carmín, aunque Gustavo no decía nada Sofía sabia que prefería el color carmín, prefería también verla con el cabello levantado, con los ojos sin pintar y con los aretes negros. Seguía pensando en Gustavo, y le daba miedo, los temores nos enferman, nos enfrascan, nos vuelven seres ridículos, absurdos, sin destino. Eso debió aprenderlo del padre, un medico de clase media, que ganaba bien, tanto para mantener dos familias. Un hombre en extremo ridículo, atrapado por sus mentiras y sus miedos.
Afuera la lluvia empieza, salpica la ventana, se filtra por una pared vieja y mal pintada de amarillo cremoso. Del viejo radio una canción sale por las bocinas arruinadas: Se que nunca fuiste mía, ni lo has sido, ni lo eres, pero de mi corazón un pedacito tu tienes…
La voz del locutor interrumpe, -las nueve y media en el corazón del país, aquí suena la que buena-
Sofía se sienta en una silla frente al radio, desnuda y sin saber que color de labios usar, decide que hoy usara rosa mexicano.

domingo, 20 de julio de 2008

La Pequeña Muerte

La Pequeña Muerte


Abro la puerta y ella está esperándome. En el piso, con las manos atadas a una de las patas de la cama, nunca se ha visto tan libre y a la vez tan mía. Minutos antes, mientras buscaba los pañuelos de seda, Agustina se cubría casualmente los senos con sus manos. El tiempo que hemos estado juntos no ha calmado ese reflejo de cubrir las partes más misteriosas de su cuerpo. Sé que también yo soy presa del mismo instinto, mas no logro comprenderlo al verlo en otros. ¿Qué se cubría? ¿Selectos centímetros de fealdad, diminuta vergüenza? Quizá no se tapaba, sino que enfundaba su pecho con oculta belleza. ¡Sí, puede ser eso! La magia esta en lo secreto. Nada es más sensual que lo que está apunto de verse. Pero ahora que veo a Agustina, aun desnuda siento que está a punto de desnudarse.
A medida que conoces a alguien (o crees conocerla) el misterio desaparece. No es así con Agustina quien nunca he entendido y quien me hace entenderme aun menos. El domingo pasado, Agustina se presento a mi departamento con una caja (probablemente una caja de zapatos) forrada de papel blanco. Me la regaló, no sin antes declarar que había gastado todo su dinero en el contenido de esa caja. Cuando me disponía a abrirla, Agustina me interrumpió con una extrañas instrucciones:"¡No! No la abras. Nunca la abras. Nunca." Irritado, pero acostumbrado a aquellos caprichos esporádicos, dejé su inútil caja sobre la mesa. Ella no volvió a mencionarla. Yo la olvidé por el día entero. El lunes por la mañana, me levanté mucho más temprano de lo usual. Y sentí un deseo –casi pasional por ver de nuevo esa caja. Allí estaba, encima de la mesa donde la había dejado el día anterior. Pero ahora una inexplicable belleza parecía permear y colorar la blanca caja. Por un momento estuve a punto de abrirla; pero más que nada, me divertía saber que dentro podría encontrarse cualquier cosa. No solo algo caro como había aludido Agustina. Sino que bien podía ser una roca tomada de un río, un pájaro muerto, tres caramelos. También es posible que la abriese y encontrara un encendedor de oro, un anillo de compromiso, o esa corbata que le había señalado la semana pasada. Todo es posible con Agustina (creo). Y sí, miente de vez en cuando. Ya no he podido dejar de pensar en esa caja. Cualquier cosa puede estar dentro. Nunca había recibido algo tan bello.
Hay veces que la belleza te sigue. Como un embrujo. Aun esta mañana, mientras el doctor me anunciaba la mala noticia, no podía dejar de sonreír por el hecho de que su corbata roja parecía hacer juego perfecto con su camisa verde. El efecto duró poco. Una vez que las palabras "tumor cerebral" y "vida vegetativa" se encontraron en un mismo enunciado, supe que necesitaba morir. Agustina estaba conmigo al escuchar estas palabras, pero extrañamente no recuerdo su reacción. Hoy, el mundo gira entorno a mí y nunca ha sido tan justificable mi egocentrismo. Seguramente ella no se acordaba, los dos habíamos ya tomado bastante, pero en su cumpleaños el año pasado, hablamos de este momento -ahora real, entonces ficticio. Estábamos en Le Divan du Monde, un bar vecino de mi departamento en Pigalle. Como reímos esa noche. Debo admitir que si nos la pasábamos bien es siempre por ella. Ella sabía darle a cada espacio y cada segundo una vida nueva -un aire peligroso y sensual.
Se acababa la noche y fué entonces donde empezamos a hablar acerca de temas inusuales. Creo que Agustina fue quien empezó a hablar de instantes de desventura que cambian le cambian el resto de la vida a uno (su hermano cuadrapléjico Tomás era un ejemplo) Yo, bien seguro de mi mismo, había dicho que si algo así me pasara, no hesitaría en quitarme la vida. Solo seria trágico si dejara que el evento se repitiera eternamente en mis días restantes. Muerto, no habría tragedia que vivir. Y no era un pensamiento triste, ni cobarde. Sentía que había vivido hasta entonces, una vida digna. ¿Porque arruinar algo bueno? Quisiera poder rescatar esa determinación ahora que vale la pena. Siempre he sido algo cobarde; espero que Agustina no lo sepa.
*****
La daga de mi abuelo descansa sobre la pequeña mesa al lado de mi cama. No recuerdo haberla dejado allí. La tomo entre mis manos y juego con la idea de ponerla en juego. Un instrumento diseñado para extinguir la vida de un hombre, bien puede extinguir la mía…o la de Agustina.
Me acuesto a su lado. Paso la daga por su cuello, por sus senos, por su vientre, por sus labios. Me doy cuenta que en algún momento he apretado demasiado fuerte y un filo de sangre aparece sobre su seno izquierdo. Quisiera penetrarla, estar dentro de ella. Aún mejor, quisiera que ella estuviera sobre de mi. Corto sus ataduras, y Agustina comienza a desvestirme al mismo tiempo que me besa -de una forma tan poco familiar que comienzo a pensar que esto lo ha aprendido de otro. Esto me hace desearla aún más. La educación es sexy. En pocos instantes, ya yazgo desnudo, sin esa ropa que tan poco me cubre. Mi pene, más bello que nunca, ha desaparecido dentro de ella, y en un instante de confusión creo que es de Agustina y no mío.
Agustina se balancea sobre mi cuerpo. No sé en que momento ha agarrado la daga, pero ahora la sostiene con su mano izquierda. Agustina, que sabe exactamente cuando el final esta por venir, deja de moverse un instante. Es entonces cuando advierto que un hielo fantasma atraviesa y escapa de mi costado izquierdo. Agustina suelta la daga y cae silenciosamente en el suelo. Ella no dice nada, pero yo entiendo. Y parece que sabe lo que estoy pensando, porque entonces continúa a moverse un poco más delicadamente que antes. El dolor provocado por la daga y el placer al estar dentro de Agustina, se mezclan intermitentemente. Ninguno es mas intenso que el otro, de manera que me confunde el no saber lo que estoy sintiendo. Veo que un pequeño charco de sangre se acumula en el suelo. Alzo la mirada y noto un pequeño lunar rojo sobre el seno izquierdo de Agustina. No lo conocía. Es lo último que descubro de ella.

viernes, 18 de julio de 2008

Bobo

Nadie sabe a ciencia cierta de dónde vino y a dónde fue, algunos decían que provenía de la vieja ciudad de San Juan de los Remedios, huérfano de padre y madre, criado y educado en el viejo monasterio de la Iglesia del Carmen, por oficio y obligación debía tañer las campanas para llamar a misa e indicar la hora, parecería que nunca olvidó su labor, sí es que así fue, pues siempre corría por las calles de la Habana Vieja golpeando la pared con una sartén, señal que indicaba el fin de la jornada escolar de los niños.

De sus generales no se supo nada, así que lo bautizamos como “Bobo”, su edad era indescifrable, pues no aparentaba ser joven pero tampoco maduro y mucho menos viejo, algunos afirmaban que desde que su llegada al Barrio de Lawton, se conservaba igual.

Nunca se le conoció un trabajo serio y formal, a veces trabajaba de gritón en las guaguas de la ruta 23, cuando se hartaba del mismo paisaje urbano cambiaba a la 24 y viceversa, en ocasiones barría las calles o se la pasaba lavando platos en un pequeño restaurante para turistas sin dinero. Siempre andaba bien comido e incluso se daba algunos lujos casi imposibles para todos nosotros.

Su blanca dentadura y sus ojos juguetones rompían la complicidad que fraguaba con la negra noche que ni con luna llena se le podía ubicar. Era pequeño y delgado, tenía aspecto simiesco, brazos largos y delgados, pies grandes y regordetes, lampiño, con unas entradas prominentes que parecían perforarle su deforme cráneo, muy por encima estaban sus enroscados alambres que bien podrían ser una trampa mortal para cualquier mosca.

Era portador de una incomoda amabilidad y de un exagerado sentido del humor que sólo los locos pueden ostentar con una maestría indescriptible. Su risa cimbraba por igual las viejas casas de la calle de San Francisco, algunos perros aullaban, otros ladraban y algunos más se mostraban indiferentes, como si con ignorarlo podría desaparecer su presencia y apresurar su olvido.
Su jornada laboral se empalmaba con nuestro horario escolar, iba por nosotros a la escuela, nos llevaba dulces y chocolates, caminábamos o corríamos a diario por la calle de San Francisco desde Porvenir hasta terminar con nuestra loca carrera en, el mal nombrado, rió de la Guayabita que parecía más un arroyuelo seco. Al otro lado había un terreno baldío que utilizábamos como campo de béisbol.

Pasábamos horas y horas jugando a pesar del inmenso calor, Bobo era el encargado de dirigir nuestros complicados partidos, en ocasiones cortaba algunas ramas y las tallaba con tanto esmero que se asemejaban a un bate, con astillas, también apretaba pedazos de tela con aceite automotriz para simular una pelota, siempre llegué a creer que era un genio loco que había cruzado la diminuta barrera entre la inteligencia y la estupidez, sin haberse dado cuenta, con su despampanante talento pudo haber triunfado fuera de nuestros límites.
Al caer la tarde y nuestras energías nos íbamos caminando al malecón, al no poder comprar ningún helado ni refresco, comíamos con gusto los dulces que Bobo nos daba a manos llenas. Los mayores y los policías siempre veían con temor y desprecio a nuestro gran amigo Bobo, al pasar por las calles lo insultaban y en ocasiones hasta lo apedreaban con tan mala puntería que nosotros pagábamos con creces el aprecio de tan excéntrico personaje. Tal vez su único error fue haber sido diferente, el único delito para ser señalado y perseguido hasta el fin de su vida. Nunca se le vio triste, al término de cada palabra siempre esbozaba una sonrisa que dejaba desnuda su prominente dentadura y carnosa encía.
Al llegar al barrio nos sentábamos en un corredor viejo y húmedo, justo frente a la panadería Tosca, rodeábamos a Bobo que como el mejor de los maestros asumía su papel con aire de sublime grandeza. De sus misteriosas bolsas sacaba una botella a medias de Bucanero y un puro que alguno de nosotros presuroso lo prendía. En ese momento un hálito bohemio impregnaba el ambiente, nos hablaba de la vida, del exterior y también nos contaba historias fantásticas o anécdotas por demás inverosímiles pero interesantes. Ese instante breve y mágico se convertía en un universo paralelo, para nosotros no había nadie más en la calle, nada importaba, echábamos a volar nuestra imaginación y encendíamos nuestros sueños. Todos hablábamos por igual pero nadie lo hacia con la facilidad de Bobo, siempre sacaba a relucir las historias de los guijes, duendes incapaces de hacer daño, juguetones y traviesos amigos de los niños y locos.
Decía que le daban dulces y en ocasiones dinero, alguna vez llego a decir que un hombrecito le dio unos centenes a guardar. No le creímos hasta que enfadado sacó de su bolsillo remendado una hermosa moneda dorada, prueba de su aventura con un guije. Cada noche le pedíamos que nos relatara una y otra vez su historia, hasta que llegaba la hora de partir.
Siempre le tuvimos un inconmensurable respeto, ese respeto que se pierde con los años, que nos divide entre unos y otros.
Un día después de la rutina habitual en el campo, el malecón y el corredor, nos sentimos extraños, dejamos de soñar, de imaginar, de ser niños y locos. Perdimos la inocencia y con ella a Bobo que nunca volvió.

jueves, 17 de julio de 2008

Persona



Me encerré en mi recámara y tendrán que traer al cerrajero para sacarme. No quiero hablar con nadie ahora ni lo haré hasta que lleguen mis padres. No sé porqué se van tantos días dejándonos con mi tía Lucero si saben lo gruñona que es y lo mal que me cae. Ellos disfrutan de la vida, conocen lugares a los que deberían llevarnos en lugar de dejarnos con las sirvientas y la hermana de mi padre a quien no soporta ni su marido. Este mes infernal que pasa con nosotros debe ser un agasajo para él. Me niego a abrirle la puerta a mi tía porque quiere llevarme a la comandancia a declarar en contra del enano. Que yo sepa, andar en asuntos de la policía no es cosa de niños. Por más que le dije cómo sucedió todo, no hace caso. Maniática, insiste en que el enano atacó a mi hermana, que seguramente la quería violar. Elia tiene miedo y no puede decir qué pasó, es muy chica. El doctor le dio un tranquilizante y ahora algunas vecinas quieren que la vea un sicólogo, que le den remedios y pastillas. Si mi mamá viera toda la gente que vino a la casa por el escándalo que armó su cuñada, se pondría furiosa. Hasta la encargada de las fotocopias en la papelería de la esquina metió sus narices. Nunca contesta el saludo, pero viendo la puerta abierta y el vecindario reuniéndose en el patio, se puso a las órdenes para lo que se ofrezca pues ha visto al enano mirar a los chicos de forma extraña.
No soporté las habladurías y subí de prisa a mi recámara. Desde mi ventana vi llegar una patrulla y dos uniformados. Después vinieron los golpes a la puerta, llamándome. Me preocupa mi hermana. No quiero que le den tés ni medicinas ni que la ausculte nadie. Está asustada, eso sucede cada vez que se encuentra con él. Mis padres lo saben bien como yo, como el padre Aldo y otros que han presenciado su espanto al verlo. Se llama Luis pero en la casa nos referimos a él como el enano, porque lo es. Si camina por el parque cuando andamos en bicicleta, le advierto a Elia, ahí viene el enano, y ella se da la vuelta siguiéndome a donde yo vaya para alejarnos de su camino. Si se acerca a la tienda y estamos comprando dulces, la tomo fuerte del brazo y ella sabe de qué se trata, el enano pasa por ahí. Si vamos en el carro sobre la avenida que lleva a la casa y lo vemos, papá, mamá y yo le advertimos al mismo tiempo, voltéate, viene el enano. Lo hacemos porque, si Elia llega a verlo, grita desesperada sin que logremos calmarla.
El enano es feo, feísimo, supongo que como cualquier enano. Su cuerpo parece un refrigerador de servi bar con piernas. Su nariz es enorme y achatada, y sus ojos pequeños miran con temor y enojo bajo la frente saltona. Tiene una boca ancha y abultada siempre entreabierta, y los cachetes de un bull dog. Pero, en realidad, nunca nos ha hecho nada. Al contrario. Pese a darse cuenta que le rehuímos y que en varias ocasiones mi hermanita se ha puesto histérica al verlo, en lugar de hacernos alguna grosería, ha salido corriendo. Incluso me he fijado que con solo distinguirnos a lo lejos, busca otra ruta para no cruzarse con nosotros.
A mis padres los inquieta la actitud de mi hermana, pues varias veces las escenas se han dado en la calle, en el centro comercial o en la iglesia, y hasta el padre Aldo los llamó hace poco para tratar el tema. Yo los acompañaba el domingo que les pidió enseñar a Elia a entender las diferencias entre los seres humanos. Dijo que Luis era un buen muchacho pero tenía la desgracia de haber nacido con una deformidad decidida por Dios, tal vez para que los demás, seres normales, seamos agradecidos y comprendamos el deber de querernos y respetarnos a pesar de nuestros defectos, porque lo que vale está en el corazón.
Mi padre, que habla poco y rara vez discute, contestó que hablaría con Elia pero, para seguir asistiendo a misa de doce, por favor retirara a Luis de las limosnas. A partir de entonces no lo vimos más en la iglesia a esa hora. Me dio lástima. Aunque sé que es vago, alburero y marihuano como nuestro vecino Roberto, con quien lo he visto tomar cerveza en el billar, siento lo que le pasa. Mis padres explicaron a Elia que el enano nació y creció pequeño y mal hecho porque algo sucedió cuando se formaba en el vientre de su mamá, pero es igual al resto de la gente. El enano no es persona, respondió. Yo creo que una niña de cinco años que dice tener el cabello rosa y hacerse invisible, no puede entender de diferencias. Por eso estoy tan enojado con mi tía. A pesar de explicarle que el enano sólo jaló a Elia para evitar que la atropellaran cuando se lo topó en los videojuegos, ella ya decidió que es un delincuente, y yo un jotito amanerado que tiene miedo de decir la verdad a la policía.


Araceli Mancilla